El suicidio continúa siendo una de las principales preocupaciones de salud pública entre adolescentes y jóvenes. En América, más de 18 000 personas de entre 15 y 29 años murieron por esta causa en 2021, según datos de la Organización Panamericana de la Salud. La cifra equivale a cerca de 50 muertes cada día y convierte al suicidio en la tercera causa de muerte para este grupo de edad en la región. En Ecuador, la realidad también genera preocupación. Entre 2019 y 2024 se registraron 1 309 suicidios de adolescentes, según datos expuestos por la Asamblea Nacional en junio de 2026.
El aislamiento, el silencio, la dificultad para comunicarse y las alteraciones del sueño, no deben interpretarse de manera aislada como una confirmación de riesgo suicida, sino como cambios que pueden indicar que una persona está atravesando algún tipo de malestar y requiere atención. La OMS también identifica entre las señales de alerta el retraimiento social, cambios drásticos de humor y expresiones relacionadas con la falta de razones para vivir o con pensamientos sobre la muerte.
Por eso, una de las principales recomendaciones es no esperar a que la crisis llegue a un punto extremo para preguntar qué ocurre, sino aprender a observar y escuchar, especialmente cuando nota que el comportamiento de una persona ha cambiado.
Una conversación directa puede abrir una puerta para buscar ayuda. La clave, explica, está en cambiar el enfoque: escuchar lo que la persona está viviendo sin convertir la conversación en un interrogatorio ni responder desde el juicio.
En ese sentido, frases que minimicen el sufrimiento, responsabilicen a la persona por sentirse así o comparen su situación con la de otros pueden cerrar esa posibilidad de diálogo. La recomendación es escuchar con atención, validar lo que siente y mostrar disposición para acompañarla.