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lunes, mayo 16, 2022

La hija perfecta que pagó 10 mil dólares para que asesinaran a sus padres: El plan macabro y la vida de mentiras

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Tocaba el piano, tomaba clases de flauta, practicaba patinaje artístico, hacía ballet y natación. Todo indicaba que la vida de Jennifer Pan sería muy distinta a la que habían tenido sus esforzados padres que, para forjarse un futuro, trabajaban infinitas horas como operarios en una fábrica. Espigada, de pelo largo, lacio y castaño y mirada ingenua, Jennifer era a los ojos de la gente una hija excelente y estudiosa. Todo un logro para unos padres que habían llegado a Canadá, como refugiados vietnamitas, sin nada. El esfuerzo, decían ellos, era la clave para progresar. Por eso supervisaban que sus hijos fueran por el camino señalado.

Jennifer, sin embargo, camuflada en miles de mentiras, logró sortear por muchos años la mirada escrutadora de sus progenitores. Por eso, cuando temió que su torre de embustes cediera y la hundiera en su propio fango, decidió que lo mejor sería eliminarlos.

El peligroso sueño de la hija perfecta

Jennifer Pan nació el 17 de junio de 1986 en Markham, un suburbio de Toronto, Canadá. Huei Hann Pan, su padre, nacido y educado en Vietnam, había llegado a Canadá, en 1979, en calidad de refugiado político. Bich Ha Pan era, también, una inmigrante vietnamita. Se conocieron en Toronto y enseguida se dieron cuenta de que tenían mucho en común. Sobre todo, sus raíces. Se terminaron casando y yendo a vivir al barrio de Scarborough. Encontraron trabajo como operarios en una fábrica de autopartes llamada Magna International. Estaban decididos a que les fuera bien en su nuevo país y a poner todas sus energías para lograrlo. Trabajaban muchísimas horas, pero jamás se quejaron. Era el precio del progreso que ambicionaban.

Durante esos primeros años tuvieron a sus dos hijos. Tres años después de Jennifer, en 1989, nació Félix.

Hann y Bich sentían que estaban logrando sus metas. Eran cuidadosos con el dinero que ganaban, intentaban gastar lo mínimo para poder ahorrar. En 2004 se dieron cuenta de que estaban financieramente muy bien. Era el momento de comprarse una casa más grande e intentar el ascenso social. Buscaron una de dos pisos, con garaje para dos autos, en la zona residencial de Markham.

Habían conseguido una vida mejor para sus hijos, ahora debían velar por su educación. Jennifer Pan crecía y parecía ser la hija perfecta. Eran conscientes de que tenían una vara alta, pero sentían orgullo. Ser estrictos, funcionaba. Eso creían.

Jennifer asistía a una escuela católica, donde era una excelente estudiante. Bajo la mirada atenta de sus padres, durante la primaria, comenzó con clases de piano, flauta, ballet, patinaje artístico, artes marciales y natación. Tenía una agenda completa.

Sus padres soñaban, por entonces, con que su hija se convirtiera en deportista olímpica. Esa fantasía quedó en el camino cuando a Jennifer se le rompió el ligamento cruzado de una de sus rodillas.

En un momento, en esta perfecta vida que creían haber edificado, todo se desvió.

Boletines falsos

Fue cuando comenzaron sus malas notas que Jennifer descubrió el beneficio de la mentira. Como no se animaba a llevar sus bajas calificaciones a casa, se las ingenió para falsificar los boletines. Puso todo su esfuerzo para hacerlo a la perfección. Con la ayuda de unas tijeras, plasticola, viejos boletines y una fotocopiadora, lo consiguió. Sus padres vieron solo notas sobresalientes. Jennifer respiró. Se abocó a seguir por el mismo camino, poniendo el esfuerzo en el lado equivocado de las cosas. Al fin y al cabo, era más fácil mentir que estudiar, falsear las notas que conseguirlas. Y una cosa llevó a la otra.

Por esos tiempos, donde la exigencia era mucha porque volvía a su casa a las diez de la noche después de entrenar con su skate y tenía que hacer la tarea hasta la medianoche, Jennifer empezó a cortarse los antebrazos. Se hacía unas dolorosas y delgadas líneas horizontales. Era pésima señal. Un síntoma que nadie vio.

Durante el secundario en el colegio católico Mary Ward, sabiendo los peligros que entrañaba la adolescencia, sus padres redoblaron la guardia. No querían que su brillante hija perdiera el tiempo saliendo con chicos a bailar. Salidas restringidas y mucho estudio era la norma.

Jennifer logró mezclarse con las diferentes tribus estudiantiles para pasar desapercibida. Era muy tranquila, llevaba unos anteojos de marco de metal y no usaba maquillaje. Su risa fácil, su altura (era mucho más alta que el promedio de los estudiantes asiáticos) y que fuera tan deportista, ayudaron. Nadie notó sus mentiras ni sus problemas.

Las medidas controladoras de sus padres no impidieron que Jennifer conociera en la banda de música del colegio, en primer año, a Daniel Wong. El adolescente de origen chino y filipino tocaba la trompeta. Jennifer moría por él. La relación fue platónica durante un par de cursos, hasta que en el año 2003, la banda salió de gira por Europa y surgió el amor.

En ese viaje, un día después de una actuación del grupo, debido al exceso de humo en el lugar, Jennifer tuvo un ataque de asma. Casi se desmaya y fue llevada hasta el ómnibus que los trasladaba. Daniel se encargó de calmarla. Ese mismo día comenzaron a salir. La joven pareja decidió ocultarlo a los padres de Jennifer. Ella estaba convencida de que ellos no iban a aceptarlo jamás.

Cerca del fin del secundario Jennifer aplicó para una admisión temprana en la Universidad de Ryerson. Su padre deseaba que estudiara farmacia. Fue admitida con la condición de que terminara el colegio. Todos felices.

Pero Jennifer no aprobó todas las materias al terminar el año y la admisión a la universidad le fue revocada. Como no quería decepcionarlos, ni tener problemas con sus reclamos, optó una vez más por falsear la realidad.

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