“Yo no estudié para vender mi cuerpo”, dice venezolana radicada en Ecuador

A sus 22 años, Johanna es una venezolana que, como muchas mujeres de ese país, ha tenido que ejercer más allá de las fronteras y casi que obligada ‘el oficio más viejo del mundo’, la prostitución.

Ella, tecnóloga con mención en gas natural y petroquímica, no tuvo otro camino cuando llegó a nuestra patria, dijo.

Y es que aunque esta mujer se graduó en una de las mejores universidades de su natal Puerto La Cruz (Venezuela) y, pese a que buscó un buen empleo al llegar al Ecuador hace seis meses, no tuvo la suerte de encontrarlo.

Al final no le quedó más camino que trabajar como prostituta en Guayaquil. Para conocer su drama, Johanna aceptó contar su dura vida a EXTRA:

“Tengo seis meses viviendo acá y dedicándome al trabajo sexual, pero no me acostumbro. Algunas veces lloro pese a que esta actividad me ha dado la tranquilidad económica que buscaba”, dice tristemente.

Y prosigue: “además puedo mantener a mis padres y hermanos menores que se quedaron en Venezuela. Siento que esto no es lo mío, porque yo no estudié para vender mi cuerpo”.

Lo último que vio al salir de Venezuela fue la mirada triste de sus pequeños hermanos y sus padres en el aeropuerto de Barcelona, estado de Anzoátegui.

Vino porque una amiga que trabajaba acá le compró el pasaje de avión por 450 dólares, suma que canceló en varias cuotas.

Para cubrir esa deuda, se empleó en un restaurante en el que solo ganaba cinco dólares diarios, cantidad que solo le daba para salir de su ‘esclavitud’.

La misma amiga venezolana que la trajo le reveló que ella trabajó en un night club y la recomendó. Luego de varios días se decidió sin saber cómo era, ni cuánto cobraría y, mucho menos, cómo sería el trato de los clientes.

Señala Johanna que fue duro al principio, pues al terminar de atender a cada cliente ella se encerraba a llorar para reprocharse el destino que les tocó vivir a muchos de sus compatriotas, pese a que tienen títulos universitarios.

Sin embargo, luego de varios días pensó diferente: ganaba plata por montones, canceló deudas y envió más dinero a su familia, algo que, aunque la motiva, le duele en el alma. ¡Así no desea ganarse el dinero!

Hoy, sus planes son radicarse en Guayaquil, donde encontró un novio, quien la ayuda y le da ideas de cómo salir de este oficio.

Aspira a traer a sus hermanos y sus padres si las cosas no mejoran en Venezuela. Terminada la entrevista, la trabajadora sexual se levantó de la mesa y se fue a atender un cliente que minutos antes le había coqueteado.

El drama de Johanna solo es uno entre miles. “¡Hasta cuándo, Dios, una vida de miseria para un país tan lindo como mi patria”, finalizó al despedirse.

Tomado de Diario Extra 

POSTS POPULARES