El día que Jobs cambió el mundo digital con el iPhone

No se puede hablar de Apple sin que venga a la memoria la figura de Steve Jobs. A pesar de no ser el creador realmente del primer ordenador de la compañía, sí fue el maestro de orquesta del despertar de una necesidad en los consumidores. No una ni dos, sino varias veces a lo largo de su trayectoria. Un ordenador particular en sus hogares parecía imposible desearlo en los ochenta. Logró que lo «necesitaran».

Apple no solo es fruto de sus inventos, es mucho más: una de las marcas más distinguidas, una marca diferente, atractiva para el consumidor, aspiracional a la par que elegante. Era la particular visión de uno de los genios más recientes que tuvo que convivir con sus propios demonios. De «pensar diferente» y ese perfeccionismo del que trató de hacer gala también quedó plasmado todos sus productos.

Ya ha dejado de ser una compañía tecnológica; es una manera de ver la vida para muchos consumidores. Su mayor logro no es la percepción que la propia compañía necesita de sus consumidores. Al contrario, una de sus grandes aportaciones a la mercadotecnia es la capacidad para que los consumidores «necesiten» a Apple. Unos seres convertidos en «fan boys» que compran todo su mensaje y que, pese a que la marca no ha sido siempre la primera en llegar, son capaces de atribuirles el perdón de la innovación en detrimento de una mayor satisfacción con sus productos. Diversos informes consultados apuntan a que los usuarios con un iPhone se sienten mejor. Aunque solo se tratase de una pincelada más en esta era del consumismo atroz.

Es todo un «branding» establecido desde lo más profundo de la personalidad ególatra de Steve Jobs, pero que siempre ha sabido moverse en la línea de entender que el consumidor no necesita aparatos demasiado sofisticados ni complicados. Es el ejemplo práctico de una empresa con halo de personalidad de su «jefe». Solo hay que echar una mirada atrás, al 9 de enero de 2007, y recordar ese momento histórico en que Jobs se subió a una tarima para la presentación de un nuevo y distinguido producto. Fue una exclusiva fiesta de la compañía que ahora todos conocen como Keynote, antes MacWorld.

El fundador de la manzanita se acogió a sus clásicos discursos soberbios y brillantes. Y cautivó al público. Porque Apple quería, tras romper moldes con el iPod, volver a revolucionar. En este caso con el aparato más pequeño de sus bolsillos, el «smartphone». Antes que el iPhone ya existían los teléfonos conectados, pero Apple lo envolvió en misterio, en un paquete solvente y robusto que todo lo que pretendía hacer lo hacía, y bien. Sobradamente bien. Fue el primer dispositivo en introducir una pantalla capacitiva. El mundo se quedó patidifuso.

El iPhone fue algo más; tenía a sus dos grandes productos estrellas integrados, el Macintosh de 1984 y el iPod de 2001.

Tomado de ABC 

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